Un día estas en casa, ves los instrumentos que tus padres te compraron y empiezas a tocar con tu hermano algunas canciones. Solo por gusto, para matar el tiempo, incluso piensas en tus amigos con quienes compartes ese mismo pasatiempo. Después sales a tocar en algunos bares de la zona o básicamente en cualquier lugar donde puedas acomodar unos cuantos amplificadores, una batería, tu banda y el resto del espacio será destinado para las personas que asistan. Te sientes feliz de que solo te paguen con unas cervezas. Viviendo al máximo ese momento para después solo preocuparte donde vas a tocar de nuevo.


Entonces surge la oportunidad de grabar tu primer disco y por ahí comienza a crecer una idea, un simple sueño, el querer expresar tus vivencias y creencias a través de la música. Que las grandes masas se sientan identificados con tu poesía y vibren al compás de la melodía. Teniendo en cuenta que se tienen que hacer sacrificios, como irte lejos de tu ciudad para encontrar mejores oportunidades, extrañando casa, a tu familia y amigos.

Pero las cosas van saliendo bien, de una forma cuantificable porque cada vez vas notando más personas asistiendo a los conciertos, suenas en la radio, y hasta tu ex te busca porque ya eres “famosillo”. De pronto algo que creías que era lo mejor que te había sucedido en la vida, simplemente no es así. En ese sentido tu carrera artística no va yendo por el camino que tu esperabas.

Tus expectativas son muy altas y te preguntas a ti mismo si eso está mal, pero al final sabes que no. No está mal querer sentirte a gusto tocando en festivales o recintos que vayan con tu música y con lo que quieres expresa. Querer llegar al público correcto para poder conectar y eso es lo mejor que una banda o un artista debe hacer.


En este punto sientes que todo el mundo está en tu contra, que en el destino no está escrito que puedas llegar a ser rockstar (en el mejor de los sentidos). Vuelves al mundo “godín” y el único plan es sentarte frente a una computadora, haciendo llamadas todos los días. Para muchos ese sueño se queda ahí y aprendes a ser feliz a tu manera, con lo que tienes, y en el mejor de los escenarios no te va mal. Solo queda como una gran historia para contarle a tus nietos.


Pero la historia de División Minúscula afortunadamente no termina así. Cumplieron su sueño de ser una de las mejores bandas de rock en México, tú querido lector, seguro conoces varias de sus canciones o has dedicado alguna de ellas. Tal vez estuviste ahí cuando se presentaron en el Auditorio Nacional o en algún Vive Latino y si eres muy fan, sabes perfecto que las letras de Javier Blake son poesía pura, sin mencionar que es muy bien parecido, o al menos eso dicen. Pero sinceramente también yo lo creo, que escribe muy bien.


Con cuatro discos de larga duración, un EP y un disco acústico en vivo, División Minúscula puede presumir de una carrera exitosa. Se ha mantenido vigentes en la escena, evolucionando disco con disco y convocando en cada concierto una gran cantidad de seguidores. Cantando y sintiendo su increíble música al borde de las lagrimas como alguna vez me pasó. Por cierto, es momento de irme, en unas horas inicia su concierto con el que celebrarán 15 años de “Defecto Perfecto”. Ya les cuento como estuvo.

Por Salvador de León