Hace un par de semanas, un conocido compartió una fotografía en sus redes sociales de una banda local que me llamó la atención no por ser interesante, sino por lo ridículo. En el retrato, aparecían los integrantes de la agrupación en primer plano con atuendos semejantes: chamarras de cuero, pantalones entubados y evidentemente, lentes oscuros; uno de ellos fumaba un cigarro, otro sostenía una cerveza y los demás, con un rostro de indiferencia o para ser preciso, de estupidez. El matiz de tan grotesca estampa fue que estaba en tonos oscuros, para otorgarle algo de enigma. A pesar de ello, el encabezado de la fotografía fue aún más infausto y versaba así: el verdadero espíritu del rock and roll. Por supuesto, se refería al rock y no al rock and roll, pero no se puede pedir demasiado a este tipo de personas.

Dicha publicación es un vestigio de nuestra era porque tengo la certeza de que esta perspectiva es vigente en los círculos musicales; es decir, se piensa que el rock es sinónimo de extravagancias y excesos. Lamentablemente, el rock se ha convertido en  un género sin profundidad ni sustancia. Sin embargo, en su esencia y en un inicio, el rock se fundó como un movimiento congruente y que dio voz a las exigencias juveniles. A la juventud que me remito es la que nació en tiempos de la posguerra; ellos con un poder adquisitivo mayor que sus antecesores y desenfadados con una realidad amarga, exigieron una mayor libertad para experimentar y también para ser responsables de sus decisiones. A finales de la década de los sesenta, los adolescentes tomaron un papel predominante en la sociedad y vigente hasta nuestro días; poco a poco, surgieron iconos musicales que eran transgresores y que cuestionaban el statu quo de la sociedad.

Lo anterior se reflejó en la música: su sonido fue estridente y con muchas vertientes; en una definición precisa, el rock se designa varios ritmos musicales derivados del rock and roll. Por consiguiente, el género aglomera una vastedad de categorías: grunge, Britpop, new wave o glam rock. No obstante, la característica vital del rock -señaló Claude Chastagner– es el eslogan; tanto en el aspecto musical y de letras. El eslogan que se define como una fórmula concisa y pegadiza usada por la publicidad o por la propaganda política, pero también aplica al rock. En cuanto a la composición literaria, el eslogan son frases cortas pero con un gran sentido y mensaje, además son pegadizas y fácil de memorizar; las bandas clásicas usaron la fórmula: Let it be de The Beatles, We Will Rock You de Queen, Roxanne de The Police o (I Can´t Get No) Satisfaction de Rolling Stone; en el aspecto musical, el mejor ejemplo es Seven Nation Army de The White Stripes que en unos simples pero eficaces acordes lograron uno de los grandes éxitos de la última década. Sobre las canciones de rock, Chastagner indicó:

[…] es más fácil afirmar que si estas canciones no desencadenaron las revoluciones que esperaban, al menos tuvieron un impacto en los individuos. Contribuyeron a modestas pero tangibles transformaciones, minúsculas tomas de conciencia, a una evolución de las mentalidades, a la emergencia de un nuevo estado de ánimo.

Es cierto, logró transformaciones pero no de grandes proporciones como algunos indican con cierta añoranza; hasta su movimiento más subversivo y emancipador, el punk, fue domesticado por el sistema. El rock no sólo cambió, también vendió; pronto la rebelión se convirtió en mercancía. La industria entendió pronto el potencial del movimiento y de inmediato el dinero circuló por doquier: músicos, promotores, sellos discográficos, publicistas, fabricantes de instrumentos, en fin, por donde se mirará había dinero. Peor aún, la industria se adueñó del lenguaje y modismos del rock a su gusto; la subversión tendría un costo. Y es que la rebelión vende y vende muy bien; al menos en nuestro país, los principales promotores de rock como medios de comunicación y artistas se disfrazan de contestatarios e impugnadores, sin embargo, en el trasfondo se sienten cómodos en su posición económica y se codean con las altas esferas sociales. Chastagner añadió:

[…] la cultura del rock se construye sobre una serie de actos de compra, y el hecho de que puede de que puedan ser compensados por el eventual compromiso político o la radicalidad estética de su contenido, no disminuye su dimensión comercial.

Desafortunadamente, otro pilar del rock son los excesos y las extravagancias; en este sentido, Mick Jagger señaló: “Todo el mundo sueña con viajar en los coches más caros, acostarse con las mujeres más lindas y pagar por ello. Siempre fue, es y así será. Y el que lo niega es un imbécil”. Los fanáticos quieren convertirse en sus estrellas pero en el intento se ven patéticos, ridículos y mezquinos. Muchos señalan a los músicos e industria por agotar el anhelo transformador del rock, sin embargo, pocos cuestionan al otro participe: al espectador. Chastagner afirma de manera nostálgica:

La resistencia se distingue entonces porque no es un acto colectivo o un gesto de clase, eslóganes para cantar a coro, puños que se levantan al unísono. Es una acción  individual, la adquisición para sí mismos de tiempo y espacio, simbólicos o físicos, incluso si estos espacios son intersticiales.

Ante esto, me pregunto: las acciones individuales consisten en afirmar que el verdadero espíritu del rock and roll se encuentra en una banda fútil, en ir al Tianguis del Chopo a monearse un rato, en empedarse en el festival Vive Latino, asistir al Corona Capital y sentirse chic, en cantar en una fiesta Gimme The Power de Molotov y decir que el país está cada vez más de la chingada, en aprender a tocar un instrumento por moda y no por gusto o en escribir un artículo sacando todas tus frustraciones. Me cuestiono: ¿En dónde queda la esencia del rock?.

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No soy pesimista y aclaro: existen fanáticos y un sinfín de agrupaciones que tienen congruencia en su discurso y en sus acciones. Pero ya no seamos ingenuos, el rock no ha muerto, pero su esencia lo ha hecho desde hace muchos años; los nuevos géneros responder ante las nuevas necesidades del mercado y asimismo por la pujanza de las recientes generaciones. Hoy en día y quizás desde hace varias décadas, el rock es un sentimiento efímero y sin muchas repercusiones sociales; en fin, como diría aquel proverbio: “Yo si estaba en onda pero luego cambiaron la onda, ahora la onda que traigo no es onda y la onda de onda me parece muy mala onda. Y te va a pasar a ti”. Y concluyo haciendo referencia, nuevamente, a Chastagner:

La rebelión rockera sólo es una cáscara vacía, una máquina de emociones sin profundidad ni sustancia que imposibilita todo compromiso social autentico […] el rockero perdió su alma. En vez de defender sus valores en el anonimato y la marginalidad radical, sucumbió al señuelo del lucro y de la gloria colaborando con las discográficas multinacionales. La integridad y la autenticidad de los artistas fallaron; por consiguiente, cualquier esperanza resulta vana.

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Algunas ideas del artículo fueron extraídas del libro De la cultura rock de Claude Chastagner que  puedes conseguirlo en las diferentes librerías de la Ciudad de México. Asimismo, se encuentra disponible en el catálogo de la Biblioteca Vasconcelos.
Andrés

Andrés

No soy historiador.