Hace 3 años Andrés

Cada día y con mayor intensidad fijamos la mirada al pasado; es cierto que éste siempre es un punto de partida para reflexionar nuestro presente o en dado caso, para transformarlo. Sin embargo parece existir una obsesión hacia el pasado, pero también una negación del ahora. Vivimos en El complejo de la Edad de Oro, el cual se define como una noción de que otro periodo es mejor al que estamos existiendo; aquellos tiempos eran extraordinarios, afirman los nostálgicos. Ello es una paradoja, ¿Por qué mirar al pasado si el siglo actual se clasifica como el mejor respecto a la calidad y confort de vida, una época en donde las riquezas son infinitas y las innovaciones tecnológicas facilitan el quehacer cotidiano?

Tornar la vista al pasado con nostalgia es por la vertiginosidad del presente, pero también por ser parte de la sociedad de la información; el conocimiento se encuentra a un clic de distancia y ello origina que los ciclos se acorten. La memoria es inmediata. Respecto a la música, hace años se hablaba de décadas: los clásicos de los sesenta y setenta, la música disco en los ochenta o el grunge en los noventa; pero ahora los tiempos son efímeros. Hoy puede sonar un hit y permanecer algunos meses, pero después desaparecerá. Asimismo, esto nos indica el gusto maleable del público; éste parece indeciso y siempre en búsqueda de nuevas fronteras.

El crítico musical Simon Reynolds caracteriza a este fenómeno como Retromanía, es decir, un delirio hacia la cultura del pasado; ello se observa en la producción musical de la última década, pero también en los productos vintage que consumimos. Reynolds define a la época con la abreviatura re: remasterizaciones, reencuentros y revivals. En otras palabras, la fuente de inspiración de las creaciones musicales se aboca al ayer. Pero no se debe confundir la copia o el plagio descarado con la evolución y la transformación.

Efecto Retromanía

Y un claro ejemplo de lo anterior es el indie rock que resurgió a inicios de la década, en donde se dio el banderazo con Is This It (2001) de The Strokes y se globalizó con Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not (2006) de Arctic Monkeys. A partir de ellos aparecieron una infinidad de bandas las cuales tenían algo en común: su producción musical se concentró demasiado en el pasado; de ahí floreció el garaje rock revival, el post-punk revival o el new wave. Y aunque el sonido tiene sus orígenes en el ayer, éste no es una copia ni un plagio; se adapta a su realidad mediante las innovaciones y herramientas instrumentales.

El indie rock creó su propio estilo con vistas en el pasado, aunque sus detractores señalen lo contrario. Su música navega entre el pasado y el presente, sin embargo, su lírica da testimonio de su realidad. Los críticos enjuician a sus letras como insípidas, sosas y hasta sumisas; es evidente llegar a tales afirmaciones si comparamos a Dead Kennedys con Franz Ferdinand. Pero los inquisidores pierden el contexto: el indie rock en esencia no es incisivo; tal como señala Javier Blánquez, el indie surge como una alternativa y no como respuesta o sustituto.

El epicentro de la música rock a inicios del siglo XXI no era la subversión, sino la complejidad en las relaciones humanas. No importa la revolución sino el sentido de pertenencia, sentirnos amados y el apego al otro; pero ahí el problema: en la era digital, irónicamente, cada día nos encontramos más aislados y alejados. Como indica el escritor Vicente Verdú, tenemos “muchos nexos y pocos vínculos, mucha conversación en horizontal y escasa en vertical”. Verdú señala a la soledad como la plaga del siglo XXI.

Y el indie rock es testigo de lo anterior y quizás de una manera desinteresada, indiferente y en ocasiones melosa, pero no por ello deja de ser un vestigio; no obstante la banda neoyorkina Interpol en su disco debut Turn On The Bright Lights (2002), ofrece un testimonio crudo y sombrío de esa realidad. Paul Banks, vocalista de la agrupación, se remite a ella a lo largo del álbum en una especie pliego; a veces en un tono exasperado y en otros sosegado. Ahí la búsqueda de ese ente o individuo en el cual podamos reconocernos.

Es el anhelo de la mayoría: encontrar a ese ser, sin embargo, en nuestro siglo las relaciones son problemáticas. Los ascendientes nos legaron una incredulidad absoluta. En algún momento Woody Allen afirmó: “Dios ha muerto, Marx ha muerto…y yo no me siento nada bien”. Es cierto, las referencias han muerto. Las instituciones son una quimera, conceptos como familia, hermandad o colectivismo son anticuados. El hiperindividualismo, cataloga Lipovetsky, es la tendencia rectora.

Otra paradoja: una sociedad individualista que su mayor anhelo es asentar raíces. Y no sólo somos incrédulos, también vivimos a una velocidad inaudita. Ya no es fast food sino fast life. Los encuentros cara a cara desaparecen y ahora son relaciones a distancia por medio de una pantalla; las aproximaciones son insignificantes o meras formalidades. Y eso es el disco Turn On The Bright Lights de Interpol. Un clamor de alguien extraviado, un alarido de un ser aturdido y un bramido de un individuo corrompido. Una búsqueda incesante por pertenecer, por ser amado, para ser escuchado, para sentir el calor humano.

Hemos sido expulsado del Edén y ¡Vaya siglo el cual nos tocó vivir! Las ciudades son un desastre e insoportables. ¿Cuál sentido es atacado primero?, ¿La vista con lo deplorable de las calles, el olfato por los olores peculiares de la capital o el oído porque vivimos en las ciudades que nunca duermen y por ende, la sonoridad perpetúa? La metrópoli de la fugacidad y la vez de la reincidencia. No fue Paul Auster quien dijo “la gente sostiene la teoría de que por muy mal que la situación estuviera ayer, siempre será peor hoy; lo que pasó hace dos días, mejor que lo de ayer. Cuando más atrás te remontas, más hermoso y deseable parece el mundo”; pero la esperezan persiste y Paul Banks canta: “suprise sometimes will come around”.

Interpol

Y repito: eso es el disco Turn On The Bright Lights de Interpol. El mensaje lúgubre del álbum viene acompañado del sonido sombrío característico del cuarteto neoyorkino. La voz profunda y en ocasiones enigmática de Paul Banks, el vaivén de las guitarras minimalistas de Banks y Daniel Kessler, el bajo a contracorriente de Carlos D y la base rítmica de Sam Fogarino son el sello de Turn On The Bright Lights. La personalidad de los integrantes de Interpol es atípica a sus contemporáneos: sin muchos excesos, lujos y extravagancias, herméticos y reservados. Simplemente, son consecuentes con su música.

En este año se cumplen quince años de Turn On The Bright Lights y valdría la pena preguntar si eran mejores tiempos. Es difícil contestar y todo dependerá de la perspectiva individual. Sin embargo, la realidad es que se avecinan tiempos obscuros (si no es que ya vivimos en ellos). Por ello es importante retomar al disco debut de Interpol; es un álbum en vísperas de nuestra caída. La cuestión aquí es si seremos estáticos o móviles ante la catástrofe, nos manifestaremos o callaremos ante la desgracia, si renacemos o nos hacemos cenizas, si nos unimos o  nos disgregamos, si nos buscamos o nos perdemos. Y bien dijo Ernesto Sabato: “sólo el arte nos salvará”