Hace 1 semana Iñigo Piñeiro

¿Existe algo más vacío
que el cajón donde
uno solía guardar el opio?

Tenemos mucho mérito, hemos sobrevivido un año sin Leonard Cohen. Un año. La verdad es que ha pasado muy rápido y me temo que aún no hemos asumido del todo la pérdida. Ni siquiera nos ha dado tiempo a digerir su último disco, que Cohen imaginó póstumo y casi lo fue. Pero lo que está claro es que desde su muerte el mundo es un poco más vulgar.

No descubro nada si digo que Leonard Cohen fue uno de los seres humanos más fascinantes del último siglo. Poeta, músico, novelista, dibujante, monje budista, mujeriego empedernido, dandy revoltoso y superviviente a Phil Spector, todo en uno. Una personalidad bigger than life, como decimos los anglos y los pedantes.

Cuentan que en los 70 pedía a las mujeres que acudían a entrevistarle que le mostraran sus senos antes de empezar. No sabemos con certeza si alguna accedió, pero la propuesta por sí sola define una forma de ser. Eso es más rock n’ roll que toda la discografía de las New York Dolls.

Y es que, a pesar de su fama de artista apesadumbrado y triste, ideal para los ratos suicidas, las canciones de Cohen siempre destilaron humor e ironía. Al fin y al cabo, cuando le preguntaron si era pesimista respondíó: “No lo soy. Un pesimista es alguien que espera que llueva, pero yo ya estoy empapado“.

Pero que nadie se confunda: Cohen podía ser un cínico pero no un embaucador, su tono sombrío no tenía nada de artificial, nunca simuló la pesadumbre ni la angustia. Para eso ya está Nick Cave.

Otra cosa es que aliñara con socarronería sus versos, aquí y allá, con esa clarividencia típica de los misántropos intrépidos, como Woody Allen, como Philip Roth, como Vic Chesnutt.

En First we take Manhattan, la canción que abría el monumental I’m Your Man (1988), exhibe esa capacidad única para lanzar diatribas caústicas con disimulo, camuflado en una solemnidad zen que le permite incluso alusiones políticas perfectamente indescifrables:

No me gustan sus negocios fashion, señor.
Y no me gustan esas drogas que le mantienen delgado.
No me gusta lo que le sucedió a mi hermana.

Gracias por esos artículos que me envió.
El mono y el violín de madera contrachapada.
He practicado cada noche, y ya estoy preparado.
Primero tomaremos Manhattan. Luego, Berlín.

¿Se puede ser un misógino y pasar por elegante seductor? Solo si sabes de dotar del punto justo de ironía y autoparodia a tus versos más afilados:

Tú eras la promesa en la madrugada,
yo, la mañana siguiente.
Tú eras el señor Jesucristo,
yo, el prestamista.
Tú eras la mujer sensible,

yo, el reverendo Freud.
Tú eras el orgasmo manual,
yo, el niñito sucio.

¿Es esto lo que querías?

Cohen también fue un maestro del autoreproche narcisista, un ególatra perverso que disfrutaba su personaje de masoquista con traje de sádico. Y al revés.

Me encanta hablar con Leonard,
es deportista, es un pastor.
Es un cabrón perezoso
que vive embutido en un traje.
Pero él dice lo que yo le digo
aunque no le guste.

Incluso su vocación de profeta apocalíptico se disuelve casi siempre por su espíritu burlón. Cohen sabía que la mejor manera de contrarrestar los excesos mesiánicos es tirando de sarcasmo autorreferencial.  Aquí un visionario:

Las cosas van a deslizarse en todas direcciones,
no habrá nada,
nada que puedas volver a medir.
La ventisca del mundo
ha cruzado el umbral
y ha volcado
la orden del alma.
Cuando dijeron: “Arrepiéntete”,
me pregunto a qué se referían.

No tienes la más remota idea de mí,
nunca la tendrás,
nunca la tuviste.
Soy el pequeño judío
que escribió la Biblia.

 

En fin, Leonard Cohen fue un poeta de equívocos. Un vitalista triste que recitaba las palabras de Dios como si las cargara el Diablo.

Loh hice lo mejor posible, no fue mucho.
No podía sentir, así que intenté tocar.
Dije la verdad, no te engañé.
Y aún así todo salió mal.
Permaneceré ante la oración del Señor,
sin nada en mi lengua más que el aleluya.