Hace 3 años Sergio Lozada

 

Seguramente muchas de nuestras amistades pasadas y presentes surgieron de gustos musicales en común. La película de género musical Once (Dir. John Carney, 2007) aborda principalmente este tema: cómo puede desarrollarse una relación humana a partir de escuchar, compartir y ejecutar canciones.

La trama se puede resumir así: en Dublín dos personajes, un hombre y una mujer (ninguno tiene nombre) viven todas las etapas de una amistad que está determinada por la música. El film nos muestra desde el momento en que se conocen, una noche mientras él canta en la calle y ella vuelve de su trabajo y se acerca llamada por la curiosidad y por la emoción que él pone en cantar, y avanza por distintos momentos, conocen sus respectivas casas y sus trabajos, asisten a una fiesta, ensayan juntos, compran ropa, dan un paseo en motocicleta, graban un demo y, con el desenlace se separan en un final muy conmovedor, mitad triste y mitad feliz.

Once

Once fue filmada en un par de semanas con un presupuesto mínimo, sus defectos técnicos son evidentes, prácticamente ninguno de los personajes fue encarnado por actores profesionales. Por el estilo de la cinematografía parece que se trata de un documental –es difícil comparar todo esto con una película musical, tenemos el juicio de que este género debe contener coreografías, numerosos bailarines, grandes escenarios y música animada.

Sin embargo, la producción deficiente se olvida debido a que la historia que se cuenta representa emociones verdaderas y cualquier persona puede identificarse  con los sentimientos de los protagonistas, así como con las canciones que interpretan. Éstas hablan de tristeza, pero también de esperanza. Los personajes tienen objetivos, encontrar un buen trabajo, escribir buenas canciones; pero sobre todo están en busca de experimentar un amor auténtico.

Hay dos secuencias verdaderamente bellas que sobresalen en la película. En la primera ella está en su habitación tratando de componer la letra para una pista musical de él. Pero las baterías del discman que él le regaló se acaban; ella toma un billete de la alcancía de su hija y va a la tienda a comprar nuevas baterías. A la salida y en medio de la noche, improvisa la letra de la canción mientras se dirige caminando de regreso a su casa. La gran lección de este musical es que para todos nosotros, la música se encuentra en cualquier lugar que habitamos porque nos acompaña a todos lados y ayuda a dar forma a nuestras emociones.

La segunda secuencias que quiero abordar es cuando en el estudio de grabación, el conjunto prueba y afina sus instrumentos mientras el productor se queja a través de una llamada telefónica del ruido que hacen. Enseguida, graban su primera canción y vemos cómo cambia la percepción del productor conforme aumenta la intensidad de las voces y los instrumentos. Esto significa el poder que tiene la música sobre cualquier persona cuando es de buena calidad.

John Carney ha filmado otras dos películas musicales después de Once, con mejor producción e historias más complejas, pero no más emotivas ni tan íntimas como esta. Glen Hansard y Markéta Irglová, los dos protagonistas, realizaron otros dos discos como dueto bajo el nombre The Swell Season; este soundtrack, incluso sin la película, es encantador.