Hace 2 años Iñigo Piñeiro

A estas alturas no debe quedar ningún ser humano en Occidente que no haya opinado sobre los méritos literarios de Bob Dylan. Supongo que es lo que pretendían los sinuosos jueces suecos cuando decidieron distinguir al gran gruñón con un premio tan mediático como el Nobel. Los imagino disfrutando perversamente las reacciones de los sentenciosos habituales, a los que tanto gusta sentar cátedra con condescendencia y algún gritito amanerado. Pero yo no pienso contribuir a la cacofonía. Que Dylan trasciende el pop ya lo sabíamos al menos desde 1968, ningún prestigio nórdico va a cambiar eso. Como mucho, dotará a Bob de una respetabilidad súbita entre los snobs de última hora, esos que compran revistas para hombres pulcros que no tienen tiempo de leer más que las etiquetas del aftershave.

Nobel

No voy a ponerme a juzgar la calidad literaria de Dylan, pero eso no quiere decir que me parezca el songwriter más apropiado para una distinción tan inaudita. Hay al menos 4 grandes popes de la música popular con una obra más ajustada a los valores que, de una forma más o menos convencional, reconocemos como literarios. Uno es tan obvio que lo voy a escribir muy rápido: Leonard Cohen. Otro es tan improbable que merece exegetas mucho más capaces que yo: Franco Battiato. El tercero es el gran Randy Newman, pero me temo que soy demasiado fan para ser ecuánime.

Ah, pero el cuarto.

El cuarto es un hombre lo suficientemente popular para convocar a un público masivo y lo suficientemente esquivo para embaucar a los exquisitos. Desde un punto de vista estético, saca varios cuerpos de ventaja al enigmático pero autoindulgente Dylan. Y su personalidad artística recuerda (cuando no imita) los modos de los escritores de póster (Kerouac, Ginsberg, Burroughs, Bukowski). Pero lo más importante es que su talento literario, aunque nada obvio, es indiscutible.

Nuestro hombre, ya lo sabes, es Tom Waits.

Lo ames o lo detestes, a ver cómo niegas que Waits es una de las figuras más importantes de la cultura pop americana desde hace cuatro décadas. Además, ha envejecido de maravilla, su influjo sigue vigente y es reconocido casi unánimemente como un creador único e inconfundible. Es uno de esos artistas que no necesita etiquetas: Tom Waits es un género en sí mismo.

Pero a diferencia de Dylan o Cohen, lo que impide que Waits sea reconocido como poeta es su personaje inverosímil. Al mezclar los modos de un mendigo emancipado con los crujidos de bluesman de cabaret creó una figura demasiado extravagante para los gustos académicos. Una cosa es que sea el tipo de artista que los farsantes del buen gusto necesitan para presumir de refinamiento y, otra muy distinta, que les guste realmente a todos los que le citan.

Hay una razón evidente que explica por qué sus canciones sorprenden a todos pero no gustan a la mayoría acomodada: la voz. ESA VOZ. Alguien dijo una vez que Waits canta “como si estuviera haciendo gárgaras con esquirlas de cristal”, un símil que estoy seguro que enorgullece a nuestro hombre, siempre feliz entre hipérboles grasientas e imágenes deformantes. Pero es justamente ese modo abrasador con el que ataca sus canciones el que impide que a Waits se le descifre más allá de su personaje.

Y claro, las parodias son inevitables. Algunas tan memorables como esta:

Convertir a Waits en un guiñol es muy tentador, pero reducirlo a eso sería injusto. Tom es mucho más que el personaje que ha moldeado. Es más que un bluesero abufonado con voz de ogro. Mucho más que un pianista resacoso que recita cuentos tristes con mucha gracia. Sin duda más que un hábil restaurador de géneros clásicos tocados con instrumentos descarrachados.

Porque Tom Waits es, sobre todo, un extraordinario escritor de canciones. No un poeta reciclado como Cohen o un hechicero autoconsciente como Dylan. Tampoco un Bertolt Brecht de arrabal, como a veces pretende. Es un narrador diáfano, con una imaginería singular que puede ser estrafalaria pero nunca vulgar. Sus canciones están llenas de marginados, iluminados y funambulistas, pero Waits logra que cada uno de ellos sea, a la vez, un paria y un símbolo. Puede hablar de la miseria sin sonar jamás miserable. Logra que los fantasmas nunca parezcan sobrenaturales. Que las putas no sean ni sórdidas ni honorables. Que la nostalgia sea efímera y la gloria siempre pasajera. Que el diablo no parezca otra cosa que Dios cuando está borracho.

Así que ya lo saben: es hora de hacer justicia poética al storyteller del humor disoluto, las metáforas beodas y el evangelio profano. Nadie merece más el Nobel que este predicador jorobado que le escribe los chistes a Yisus con un piano.