Hace 2 años Andrés

El rock y sus adeptos se han considerado antagónicos a la cultura dominante, la actitud rebelde, desafiante, inconforme y desenfrenada frente a los arquetipos sociales son una característica esencial de ellos. Hoy en día se cuestiona si el rock cumple dicho requisito debido a que el género ha sido absorbido por la industria musical, tanto músicos como su audiencia se enfilan en los estatutos sociales, son apáticos a las problemáticas actuales y no les incomoda ser parte de la cultura dominante, con todos los beneficios que ello implica. No obstante, los críticos de la industria musical concuerdan que el rock durante la década de los sesenta, setenta, ochenta y noventa fue un movimiento capaz de evidenciar las injusticias sociales, incomodar al sistema político y de representar la idiosincrasia juvenil; lo anterior está inscrito en letras de oro, si existiera un aposento símil al de la Cámara de Diputados y Senadores para el rock, su frase célebre no diría “La patria es primero”, sino “El rock es primero”.

Juan VilloroSin embargo, a pesar de lo anterior, voces se pronunciaron en contradecir dichas ideas al comentar que el movimiento –especialmente sus seguidores- en vez de personificar una actitud revolucionaria y desafiante, reflejan un estilo de vida patético, contradictorio, efímero, trágico y cómico; una de las voces fue el escritor y periodista mexicano Juan Villoro, especialmente en su libro Tiempo transcurrido (crónicas imaginarias) escrito en 1986. En este breve texto narra dieciocho relatos (imaginarios) en torno a la música que se escuchó en nuestro país durante los sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado, enfocado en los fanáticos del rock y su contradictoria ideología así como sus tragicómicas aventuras. El punto de partida y conclusión del libro son dos hechos amargos en la historia de México: 1968 (la masacre en Tlatelolco) y 1985 (terremoto en la Ciudad de México). Cada año de este período resulta ser una historia diferente y con el curso de la narración se observa las transformaciones en los gustos musicales de los melómanos mexicanos.

Una de las primeras historias del volumen estriba en un personaje llamado Joaquín, él se consideró –según el escritor- el primer fanático del rock en nuestro país, era un seguidor ferviente del movimiento, hasta el punto de conocer datos curiosos como de que el primer álbum doble de la historia del rock era Freak Out! de Franz Zappa, de que Mick Jagger se lastimó la lengua hacienda lagartijas en una clase de gimnasia o de que John Entwistle rompió las cuerdas de tres bajos de tanto feeling desplegado en la grabación de My Generation. Sin embargo, con el curso de los años se sintió defraudado por la música –especialmente por la separación de The Beatles y por los Rolling Stone por contratar a la pandilla Hell´s Angels para su concierto-, hasta el punto de llegar a vender todos sus discos en remate y cortarse esa gran melena. Villoro concluye que el único acercamiento de Joaquín hacia la música –después de un tiempo- es comprarles el sencillo Gavilán o paloma a su esposa y un long play de Cepillín a sus hijos.

También está la historia de Toño, Nabor y Alvarito, su juventud se desarrolló cuando el glam-rock estaba en su pleno apogeo en Estados Unidos: Marc Bolan de T. Rex era el estandarte, David Bowie se declaró bisexual y Alice Cooper se vistió de mujer; los personajes de la historia creyeron que la sociedad mexicana –mocha, religiosa y machista- estaba preparada para el glam-rock, sin embargo, como apunta Villoro: “la sociedad mexicana era lo suficientemente liberada para aceptar el carácter mixto de la economía, los barrenderos vestidos de anaranjado psicodélico y un cuerpo femenino en la policía, pero tres personas con la elegancia, la sofisticación y el chic de Toño, Nabor y Alvarito eran, simple y llanamente, unos putotes“. Su final es predecible, unos buenos machos mexicanos los golpean con crueldad y sin piedad; tras este vergonzoso y doloroso suceso los glam-rockeros-mexicanos prefieren olvidarse de sus preferencias por su propio bien, no obstante, al día de hoy Toño, Nabor y Alvarito guardan en su cajón de habitación una brillosa botella de esmalte.

La última historia que quiero presentar es mi favorita del libro y es la de Alfonso –o mejor conocido por su nombre punk de Phonsy Asshole-, éste era un niño ricachón que vivía en el Pedregal, estudiaba en la Ibero y su sueño era ser punk al estilo de Sex Pistols. Alfonso viajo a Europa para contagiarse del estilo, la vida y música punk, a su regreso a México formó una banda para imitar los pasos de los punketos. Antes de su primer tocada fueron a Plaza Universidad vestidos de punks, tomaron café con roles de canela en Sanborns, se probaron zapatos en Florsheim y preguntaron por el precio de un arpón en Deportes Martí; ellos se sentía los más rebeldes, insurrectos y gandallas que México haya conocido, empero, Villoro dice que la gente no “decía ahí están los punks, los rebeldes de las oficinas para desempleados, los que se oponen al Estado paternalista y al welfare. No, la gente cuchicheaba: “mira esos chavos, ¿serán maricones?, a lo mejor son artistas filmando con cámara escondida”. Su final también predecible pero divertido, su éxito fue nulo y lo único que causaba misterio es que Alfonso se cortaba en pleno concierto sintiéndose un punk por antonomasia, pero pronto se resentiría de sus cortaduras y dejaría su sueño de ser el mejor punk de México.

Este artículo también podría llamarse Y el tiempo sigue transcurriendo en alusión del libro de Villoro, porque a pesar de su distancia las imágenes que nos presenta en él son vigentes; ya no son los fanáticos al punk, ni los que pretenden ser glam-rockeros, ni el idolatra efímero al rock, hoy en día vemos a quienes se sienten Pete Doherty consumiendo drogas y alcohol al por mayor sintiéndose “rebeldes” y anti-sistémicos, otros que se sienten apáticos e indiferentes a la sociedad como Alex Turner, pero me gustaría mejor llamarles “mamones”, otros más que son Lemmystas que parecen que entiende todo, menos la idea y figura del líder de Motörhead. En fin, son sólo algunas ideas, si gustan proporcionar más prototipos con gusto van a ser recibidos.

El libro de Villoro podría ser el punto de partida para ver el pasado, presente y futuro de rock porque si algo falta en la escena nacional e internacional es auto-crítica, ya que desde hace algún tiempo las cosas no se están haciendo bien. O más bien, lo que se consume hoy y hace varias generaciones, es lo que pide el público y con lo poco se da musical y visualmente se conforma. Hay otra opción, quizás son sólo comentarios y opiniones del vejete que escribe el artículo ¿Usted qué opina?

Otro objetivo de mi artículo es dar entender que la música –cualquier género- y la literatura no son contrarios, más bien complementarios. Es imposible que la música diga todo con sus composiciones, siempre habrá vacíos y podrán ser completados con la literatura u otro tipo de arte; al mismo tiempo la literatura, se complementa de la música para decir cosas que sólo se puede expresar –irónicamente- con la música.

En fin, si llegaste a terminar este artículo, te invito a leer a Juan Villoro porque te vas a divertir un rato con sus divertidas crónicas y también a observar la evolución de la música: desde el la psicodelia de Quick Silver Messenger, Jefferson Airplane, Grateful Dead y Pink Floyd, el punk de Sex Pistols o The Clash, el metal de Black Sabbath o Iggy Pop, la música disco en los setenta y algo más cercano como The Police y Bruce Springsteen.

Posdata 1: Si lees el libro, te recomiendo escuchar los discos que se presenta con él junto con la narración. Es muy ameno.

Posdata 2: Ya ni hablo de la escena nacional porque tanto fanáticos y agrupaciones son una vergüenza.