Hace 2 años Andrés

El inicio de nuestro milenio se caracterizó por el advenimiento de la generación llamada Millennials, ésta –constituida por los nacidos entre 1981 y 1995- se definió por jóvenes que vieron a su realidad y virtualidad como sinónimos. En la llamada era digital, ellos no conciben al mundo sin sus dispositivos móviles como celulares, tablets, laptops o desktops, su coexistencia con el prójimo es indudablemente por medio de las redes sociales, en ellas comparten su vida personal y consultan así como comentan la de los demás; cada día los vínculos sociales son a través de los medios digitales.

Una generación de fanáticos a la música anunciaron que no entendían al mundo sin Internet. El servidor de distribución de archivos de música Napster, exhibió la necesidad de compartir de manera accesible y por medios digitales la música, sin embargo, su veto prematuro no logró sus ambiciosas metas; The Libertines buscó –en este mismo sentido- romper con las fronteras de la industria musical y regaló al por mayor sus demos y discos, sus seguidores aprovecharon esta oportunidad para intercambiar una considerable cantidad de archivos MP3.

El momento cumbre llegó con la banda británica Arctic Monkeys y su disco debut Whatever People Say I Am, That’s What  I’m Not, éstos trastocaron la forma de consumir, producir y distribuir música. Arctic Monkeys evitó las rutas convencionales hacia el estrellato: no fueron reclutados por un sello discográfico, mucho menos llevaban una larga trayectoria con giras exhaustivas en promoción de sus demos, sino fueron un efecto del poder del Internet y las masas. Una banda desconocida originaria de Shiffield vendió más de 360, 000 copias de su disco debut en la primera semana de su lanzamiento; los críticos y la industria musical se conmocionaron ante este fenómeno, insólito e inexplicable para su tiempo.

Arctic Monkeys indicó que el poder ya no sería ostentado por las grandes compañías musicales, ni los sellos discográficos, mucho menos por las cadenas de tiendas musicales, éstos ya no tendrían el control total de forjar nuevos sonidos y bandas, sino aparecía un nuevo actor con mucha potencia, con voz crítica y selectiva: el público. No obstante, este público consume y desecha a su antojo, ya no pretende sentir empatía ante la ideología o las costumbres de un género musical, más bien busca definirse a sí mismo a través de la música, ser más independiente y móvil frente a los demás, paladear sensaciones y vivir más experiencias.

Basta abrir alguna aplicación para reproducir música y observar sus diferentes playlist que tildan en lo ridículo: para despertar, para ir al trabajo, para un verano solitario, para bañarse, para la resaca, para quitarse el estrés, para ejercitarse, para estudiar, para tomar un café, para charlar con los amigos, etc. Es interesante señalar un punto: casi todas las playlist son en relación de un individuo consigo mismo, con el fin de experimentar su cotidianidad de diferente manera.

Hace algún tiempo –no mucho, por cierto- un amigo me regaló un disco pirata de la discografía completa de la banda Pastilla, en un momento decidí darlo a alguien más y supongo que éste siguió su propio camino; era un ritual común, ir a los tianguis, localizar el puesto de los discos y hacerse de varias discografías a un precio accesible. Algo similar sucedía con los demos de las conjuntos locales, en sus conciertos estaban sus stands donde regalaban sus demos o vendían accesorios para solventar sus próximas “producciones”.

Relato lo anterior sin fines de añoranza o con tonos melancólicos, sino para evidenciar que los vínculos sociales a través de la música han mermado en consideración. Al inicio del milenio, las bandas o sus seguidores se juntaban para compartir discos, ideas o críticas en torno a la música, sin embargo, han pasado diez años y el Internet ha revolucionado esta forma de interacción; basta dar un click para conocer los intérpretes y canciones favoritos de alguien, pero con un fin morboso ya que lo importante es atesorar nuestra independencia musical.

El Internet demostró que el éxito está al alcance de cualquiera, los integrantes de Arctic Monkeys con apenas una veintena ante ellos habían alcanzado la cima sin muchos méritos; una cuestión rondo entre los Millennials: si ellos podían ¿Por qué yo no? Muchos emprendieron el camino, algunos desempolvaron sus instrumentos, otros más se los compraron y aprendieron a tocarlos; se dio el boom de las bandas independientes. Ciertas agrupaciones sólo se aventaron a tocar covers, otros –aprovechando la situación- sacaron originales e increíblemente algunos tuvieron un éxito efímero; basta recordar grupos de la escena nacional que hoy en día dudo de su existencia: The Stupids, Los Marty, Bengala, Vainilla o Furland.

El boom de las bandas independientes reflejó que formar una banda, crear composiciones e incluso grabar una producción estaba al alcance con un mínimo de conocimientos. Como le aconteció al arte en el siglo XX, la música se alejó de las academias o de las instituciones de especialización; la técnica ya no está más en boga, los grandes músicos como Bonham y Ray Manzarek y compositores de la altura de Dylan o McCartney han desaparecido, hoy en día proliferan músicos con gran técnica pero sin consolidarse en el mercado porque sus composiciones carecen de calidad y profundidad.

Cada generación posee un álbum que define a su época y que provoca una pasión ardiente en algún lugar del subconsciente, me atrevo a poner al disco Whatever people say I am, that’s what i’m not back como el disco de los Millennials. El disco tiene canciones con mucha potencia, con riffs rápidos y baterías poderosas como The viem from the afternoon, I bet you look good on the dancefloor, Stil take you home o esplendidas melodías como Riot van, Mardy bum y A certain romance, asimismo Alex Turner tiene la habilidad de transmitir descripciones concisas del mundo adolescente: torpeza sexual y social, inseguridades personales, típicas historias amor/desamor adolescente, el deseo de pasar un buen momento y la eterna inquietud sobre el futuro. La juventud a inicios de nuestro siglo se identificó con este sonido poderoso pero también melancólico, las aventuras de Turner eran cotidianas y provocaron indudablemente simpatía; sus ardientes fanáticos conservan la imagen relatada en este disco, ya que eran sus días gloriosos de juventud, hoy agotados.

En fin, más allá del sonido y las letras, el disco Whatever people say I am, that’s what i’m not back revolucionó la manera de producir, consumir y distribuir música, en este punto se encuentra su peso en oro; este álbum abrió una veta infinita de cambios en la industria musical. Las bandas surgidas a inicios del siglo como The Strokes, The Libertines, Franz Ferdinand, Interpol y Arctic Monkeys demostraron la preponderancia del público y le otorgaron un poder –casi- absoluto a ellos. Y como se dice por ahí “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, la pregunta es: ¿Hemos asumido esa responsabilidad? Mi respuesta es no.