Hace 2 años Navorski

La noche del jueves no desentona. En lo que va de la semana, los frentes fríos han hecho de la suya evidenciando la costumbre de los habitantes de la recién bautizada Ciudad de México por el clima más bien tropical, imponiendo los abrigos largos, las bufandas gruesas y las narices rojas en las calles. Morimos de frío.

Los comensales que hacen uso del restaurante-bar del Cine Tonalá disfrutan de la calidez que provocan los muebles de madera del lugar y se protegen tras las puertas de vidrio que,  de manera excepcional, están cerradas a cal y canto. El ambiente está impregnado de una fragancia despreocupada, típica de un after-work de cervezas y mezcal.

Es al entrar a la sala del recinto que la quietud termina. Cada una de las butacas del foro designado para la proyección de películas está ocupada. Incluso, el pasillo de la entrada, la escalera, el proscenio y cualquier espacio libre ha sido aprovechado para disfrutar de la primera presentación en México de Lydia Lunch bajo el marco del Distrital Festival. El negro entre los asistentes, impera.

Lunch toma el pequeño escenario junto a Marc Hurtado, el compositor y cineasta francés responsable de este show,  al mismo tiempo que inicia la proyección de Infinite Dreamers, una suerte de documental-collage sobre el ya mitológico dúo Suicide, dirigido por el mismo Hurtado que hoy toma los controles, las perillas y los botones que harán suceder el sonido.

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Suicide

Frente a dos micrófonos, uno con un reverb infinito y el otro con señal limpia, la artista neoyorquina forrada en un vestido negro de encaje,  liguero y medias, regurgita y escupe los versos más emblemáticos del dueto formado por Alan Vega y Martin Rev quienes aparecen esporádicamente en la pantalla del fondo.

BANG. BANG. BANG. Grita la neoyorquina con una voz áspera, seca, lijosa, mientras dispara con los dedos a una chica de la segunda fila que se convirtió en su tótem durante la noche.

Sucede el primer apagón. El sistema eléctrico de la sala se corta de golpe dejando a todos con la incertidumbre de saber si es parte del performance o una falla en el foro. El desconcierto también es compartido por Lunch confirmando que el error, aunque arreglado de inmediato, es involuntario.

La  homilía sobre putrefacción, apocalípsis nuclear y asesinatos aumenta de viveza  al tiempo que la pantalla muestra una sucesión de intrigantes imágenes como la de un buda que observa un foco a punto de fundirse, una bandera estadounidense impoluta sobre un cielo azul y unas declaraciones de Yoko Ono que no podremos escuchar.

Teenage Jesus and The Jerks. Banda representativa del No Wave neoyorquino.

Teenage Jesus and The Jerks. Banda representativa del No Wave neoyorquino.

Lo de Hurtado es escabroso. El francés es capaz de proferir gritos potentes que se entremezclan  con los de Lunch y con la melodía repetitiva para crear el ambiente estremecedor que los asistentes aplauden.

Llega el segundo corte pero el escenario no se detiene y la artista continúa gritando a pulmón hasta que se restablece la energía, acción celebrada por los presentes y por la misma Lunch que agradece a Hurtado la reacción para volver a poner las cosas en orden.

El acto cierra con “Frankie Teardrop” y, de un momento para otro, Lunch sale caminando del escenario sin decir una palabra. Marc Hurtado, con una playera de Teenage Jesus and The Jerks, banda comandada por Lunch e ícono del No Wave y del spoken wordneoyorquino que a todos nos trajo aquí, difumina constantemente el sonido hasta apagarlo para seguir a su compañera dando por concluida la noche.

Nosotros nos quedamos ahí, inhertes ante lo que acaba de pasar, regresando poco a poco a la realidad, caminando hacia las calles que, extrañamente, se encuentran menos frías.