Hace 1 año Navorski

El viernes antes de lanzarnos a la aventura de otra edición del Vive Latino, hablábamos sobre cómo el festival más grande de México ha sido parte importante de la evolución de nuestro concepto de conciertos y del papel que jugamos como espectadores. En su edición número 17, comprobamos otra vez que más allá del line – up conformado por casi 80 bandas, un despliege humano, informático, de logística y de ingeniería brutal, el elemento primordial del festival es, irónicamente, al que va dirigido.

El Vive, vive de su gente.

A diferencia de otros festivales más especializados o con un target muy definido, el Vive Latino da cabida a un público de todas edades, estratos sociales y educativos e incluso de diferentes regiones de mundo, reunidos con el único de fin de convivir en armonía en torno a la música.

La comunidad formada cada año en la curva del hoy moderno Autódromo Hermános Rodríguez es el logro más importante del Festival en una sociedad cada vez más sesgada y polarizada.

Esta es una pequeña galería del color del Vive Latino. Una paleta de tonalidades que al igual que el arte del festival  ideado por el ilustrador chilango Saner e inspirado en los elementos del muralismo mexicano de mitad del siglo pasado, es variopinto, vívido y, sobre todo, alegre.

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