Keposka y el nuevo ritual de My Chemical Romance: el lore detrás de su gira más oscura

My Chemical Romance no volvió solo para tocar The Black Parade. Volvió para reactivar un universo completo. Su gira Long Live The Black Parade no es un ejercicio de nostalgia ni una simple reinterpretación del disco que los convirtió en un fenómeno generacional: es una puesta en escena distópica, cargada de símbolos, lenguaje propio y una narrativa que se despliega concierto tras concierto.

En el centro de todo está Keposka, un sistema de escritura ficticio que ha despertado obsesión entre fans, teorías en foros y lecturas políticas inevitables. Pero Keposka no existe sola: forma parte de un mundo más grande.

Keposka: el lenguaje del control

Keposka es un alfabeto inventado para esta gira. No es un idioma hablado, sino una forma de escritura que reemplaza al inglés en carteles, pantallas, merchandising y material previo al show. Su función no es comunicar de forma directa, sino marcar jerarquía y exclusión: quien no entiende Keposka está fuera del sistema.

Visualmente remite a tipografías antiguas, propaganda estatal y símbolos autoritarios. En el contexto del show, Keposka opera como el lenguaje oficial del poder, una herramienta que convierte el concierto en algo más cercano a una ceremonia que a un recital tradicional.

El lore sitúa la gira dentro de Draag, una nación ficticia gobernada por un régimen totalitario. Draag controla la memoria, el lenguaje y el arte. Nada es espontáneo. Todo es ritual.

Dentro de este universo, el público no es solo espectador: es ciudadano de Draag, testigo de una puesta en escena que simula propaganda oficial. Desde mensajes previos al show hasta dinámicas visuales durante el concierto, todo refuerza la idea de estar participando en un evento autorizado por el Estado.

Draag es gobernado por el Grand Immortal Dictator, una figura abstracta que nunca aparece físicamente, pero cuya presencia es constante. No tiene rostro porque no lo necesita: representa el poder eterno, impersonal e inamovible.

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Para muchos, esta figura funciona como metáfora del sistema, de la industria cultural, del control sobre el arte o incluso de la muerte misma. MCR no lo aclara, y ahí está el punto: el dictador es cualquier cosa que aplaste la individualidad.

The Black Parade como propaganda

Uno de los giros más interesantes del lore es el papel de The Black Parade dentro de Draag. En este universo, la banda no actúa de forma libre: ha sido resucitada por el régimen para cumplir una función cultural específica.

Uniformes, marchas, estética militar y orden rígido convierten a The Black Parade en un símbolo estatal, casi en una banda oficial. El arte existe, pero está vigilado. Celebrado, pero condicionado.

Textos y símbolos mencionan The Moat, un lugar de castigo o limbo donde The Black Parade fue enviada antes de esta resurrección. Puede leerse como el olvido, la censura o el largo silencio de la banda tras su separación.

En ese sentido, la gira no solo revisita el disco, sino que narra el regreso desde el exilio.

Aunque el show se presenta como un acto oficial, hay fisuras. Gestos irónicos, momentos de caos, rupturas visuales y la propia carga emocional de las canciones sugieren que el arte nunca es domesticado del todo.

La gira juega a dos niveles: por fuera parece obediencia; por dentro, sabotaje. El mensaje original de The Black Parade —vida, muerte, identidad, dolor— sigue ahí, incómodo, resistiendo.

Este nuevo lore dialoga con otras eras de MCR. Si The Black Parade habló de la muerte y Danger Days de la rebelión, Long Live The Black Parade muestra qué pasa cuando el sistema gana, aunque sea temporalmente.

No hay confirmación de nueva música, pero el nivel de detalle, simbolismo y continuidad narrativa deja claro que My Chemical Romance no está mirando al pasado, sino usando su obra más icónica para hablar del presente.

Nos vemos este 13 y 14 de febrero en el Estadio GNP

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